Aprendemos a relacionarnos con los demás copiando (o imitando) a nuestra madre, a nuestro padre (si es que no anda muy ocupado) y a nuestros hermanos (si tenemos la suerte de tenerlos).
En el colegio uno de los ejercicios que más se usan es el dictado, y en él, nos castigan si copiamos mal.
Los grandes pintores “hacen mano” copiando en el museo del Prado.
Luego, llegados a cierta edad, y sobre todo desde que los esloganes simplistas de los lobbys que pelean por constreñir la cultura y el conocimiento, nos inundan, se nos insiste “copiar es malo”, “copiar es malo”… como un mantra.
Lo que es malo es ocultar que copiamos, atribuirnos la autoría de algo que no es nuestro, esto es lo que atenta contra el derecho más sagrado de un autor/inventor, el que nos arroguemos nosotros la creación.
Obviamente la copia o la simple imitación son superadas a los pocos meses de vida y pasamos a reinterpretar lo que vemos y lo que hacen los demás, innovamos. Solo unas pocas veces se produce una ruptura, algo realmente creador, diferente y maravilloso, pero no por ello podemos despreciar o incluso perseguir a la mayor parte de la humanidad que nos limitamos a copiar o en el mejor de los casos a hacer remezclas (mushups)